En el año 325 d.C., en el Concilio de Nicea, las autoridades de la Iglesia necesitaban que todos los cristianos celebraran la Pascua el mismo día. Para evitar confusiones, establecieron una regla fija que todavía usamos hoy: la Pascua de Resurrección es el primer domingo después de la primera luna llena que sigue al equinoccio de primavera en el hemisferio norte (otoño en el sur). Se toma como referencia fija el 21 de marzo. Como la Luna tarda aproximadamente 29,5 días en dar la vuelta a la Tierra, la primera luna llena después de esa fecha puede caer inmediatamente después o casi un mes más tarde. Una vez que aparece esa luna llena (llamada “Luna de Parasceve”), hay que esperar al domingo siguiente para celebrar la Pascua. Debido a esta combinación de factores, la Semana Santa siempre oscila en un rango de 35 días -nunca puede ser antes del 22 de marzo ni después del 25 de abril-.
En los días previos, los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron en casa del sumo sacerdote Caifás para tramar cómo arrestar a Jesús con engaño y darle muerte, aunque acordaron no hacerlo durante la fiesta para evitar un tumulto entre el pueblo. Fue entonces cuando Judas Iscariote, uno de los doce discípulos, se presentó ante ellos y se comprometió a entregárselo a cambio de treinta monedas de plata. Desde ese momento, buscaba una ocasión propicia para hacerlo sin que la multitud se enterara. Según el Evangelio de Juan, días antes -seis días antes de la Pascua-, Jesús había estado en Betania, donde María ungió sus pies con perfume de nardo puro, un gesto que Judas criticó por su supuesto derroche y que Jesús interpretó como un anticipo de su sepultura.
El jueves comenzó con el envío de Pedro y Juan por parte de Jesús para preparar la cena pascual en Jerusalén, siguiendo la señal de un hombre que llevaba un cántaro de agua. Al atardecer, Jesús se reunió con los doce apóstoles en el cenáculo para compartir la Pascua. Durante la cena realizó los gestos centrales: les lavó los pies como ejemplo de servicio, instituyó la Eucaristía al tomar el pan y el vino diciendo que eran su cuerpo y su sangre, y anunció la traición de Judas Iscariote, quien poco después salió para consumar su entrega. Tras la cena, Jesús pronunció su discurso de despedida, oró por sus discípulos y salió hacia el huerto de Getsemaní, donde experimentó una profunda agonía mientras oraba al Padre. En aquel paraje fue arrestado por un grupo enviado por los sumos sacerdotes, identificado por el beso de Judas, y conducido esa misma noche ante el Sanedrín.
El viernes, luego de ser juzgado por el Sanedrín durante la madrugada, Jesús fue llevado al amanecer ante Poncio Pilato. Tras interrogarlo, no halló en él culpa alguna, pero cedió a la presión de la multitud que pedía su crucifixión. Después de ser azotado y coronado de espinas, cargó con la cruz hasta el Gólgota, donde fue crucificado junto a dos ladrones. A la hora nona (alrededor de las tres de la tarde), después de decir “Todo está consumado”, entregó su espíritu y murió. En ese momento, la tierra tembló, el velo del Templo se rasgó en dos y el cielo se oscureció. Su cuerpo fue bajado de la cruz por José de Arimatea, envuelto en una sábana limpia y depositado en un sepulcro nuevo, mientras las mujeres que lo habían seguido desde Galilea observaban cómo era colocado.
El sábado fue un día de completo silencio y espera. El cuerpo de Jesús yacía en el sepulcro mientras sus discípulos se mantenían ocultos por miedo a las autoridades judías. Los sumos sacerdotes y los fariseos acudieron a Pilato para pedirle que asegurara el sepulcro hasta el tercer día, ya que recordaban que Jesús había dicho que resucitaría. Pilato accedió y mandó sellar la piedra y colocar una guardia para evitar que los discípulos robaran el cuerpo. Mientras tanto, las mujeres que habían seguido a Jesús prepararon aromas y ungüentos para ir a ungir su cuerpo al amanecer del domingo, descansando ese día por ser el sábado judío, día de reposo.
El domingo, al amanecer, María Magdalena y las otras mujeres fueron al sepulcro con los preparados que habían hecho. Al llegar, vieron que la piedra estaba removida y el sepulcro vacío; un ángel les anunció que Jesús había resucitado, tal como lo había dicho, y les encargó que dieran aviso a los discípulos. Ese mismo día, Jesús resucitado se apareció primero a María Magdalena, luego a los discípulos de Emaús mientras caminaban hacia la aldea, y por la tarde a los apóstoles reunidos en el cenáculo. A estos les mostró sus manos y su costado, les dio la paz, sopló sobre ellos para impartirles el Espíritu Santo y los envió a predicar el Evangelio.
Jesús de Nazaret fue un hombre judío del siglo I, nacido en Galilea, que ejerció como artesano (tékton, palabra que puede traducirse como carpintero o albañil) en un pueblo pequeño y luego se convirtió en predicador itinerante. Los relatos evangélicos lo muestran con rasgos humanos muy concretos: sentía hambre, sed y cansancio; experimentaba emociones intensas como la compasión ante el sufrimiento ajeno, la indignación frente a la hipocresía, la amistad profunda con Marta, María y Lázaro, y una angustia tan real en Getsemaní que, según Lucas, sudó gotas de sangre. En su trato personal, era conocido por acercarse a los excluidos -publicanos, pecadores, mujeres, enfermos- con una autoridad que sorprendía y una ternura que atraía multitudes. Como líder, reunió a un grupo diverso de doce hombres con los que compartió la vida cotidiana, y su estilo de enseñanza recurría a imágenes campesinas (semillas, pastores, redes) que conectaban directamente con la experiencia común de la gente de su tiempo.